La evidencia científica es clara: una intervención a tiempo en la población adulta y mayor permite retrasar la dependencia, mejorar la autonomía y aumentar los años vividos con calidad de vida.
Sin embargo, en la actualidad sigue existiendo un vacío importante en el abordaje del envejecimiento: la función física no se evalúa de forma sistemática cuando todavía es reversible. Muchos signos tempranos pérdida de fuerza, lentitud al caminar, inseguridad en la marcha se normalizan como parte inevitable de la edad, cuando en realidad son indicadores clave de riesgo.
La importancia de actuar antes de la dependencia
La prevención funcional y la detección precoz permiten actuar antes de que aparezcan las consecuencias más graves del deterioro funcional, como las caídas, la pérdida de autonomía o la dependencia.
En 2026 empieza a tomar forma un proyecto que no llega tarde, que actúa cuando todavía se puede intervenir de manera eficaz y que resulta relevante para todos los agentes implicados en la salud y el bienestar de la población adulta:
• Gestores de salud, porque la prevención es más sostenible que reparar las consecuencias de la dependencia.
• Profesionales sanitarios, porque permite trabajar desde la prevención con impacto real, medible y basado en evidencia.
• Adultos mayores, porque envejecer no tiene por qué significar perder autonomía ni calidad de vida.
• Familias, porque llegar antes evita sufrimiento, sobrecarga y dependencia futura.
Longevidad no es solo vivir más, es vivir mejor
El reto del envejecimiento no consiste únicamente en aumentar la esperanza de vida, sino en garantizar una longevidad saludable, con función física, autonomía y seguridad.
No se trata de vivir más años.
Se trata de vivirlos mejor.
2026 y el cambio de paradigma en el envejecimiento saludable
2026 puede marcar un punto de inflexión:
pasar de un modelo reactivo, centrado en la dependencia, a un modelo preventivo basado en la valoración funcional, la intervención temprana y el seguimiento continuado.
Anticiparnos al deterioro funcional no solo mejora la calidad de vida de las personas, sino que contribuye a la sostenibilidad del sistema sanitario y social, alineándose con las estrategias actuales de envejecimiento saludable y prevención de la dependencia.

