Integración de la velocidad de marcha en la docencia sanitaria para la detección precoz de la fragilidad

La velocidad de marcha (VM) se está consolidando internacionalmente como uno de los biomarcadores funcionales más robustos para la evaluación global del estado de salud. En los últimos años ha pasado de ser una prueba utilizada casi exclusivamente en investigación geriátrica a proponerse como un signo vital funcional, equiparable en relevancia clínica a la tensión arterial o la glucemia en ayunas (Middleton et al., 2015).

Este cambio conceptual tiene implicaciones directas en la formación de los futuros profesionales sanitarios. Diversos programas académicos en Ciencias de la Salud están comenzando a integrar la medición de la VM en la enseñanza de la exploración clínica básica, reconociendo que la evaluación de la función física constituye un componente esencial de la práctica asistencial moderna.

La VM representa un biomarcador integrador que refleja la interacción entre múltiples sistemas fisiológicos: cardiovascular, respiratorio, neuromuscular, metabólico y cognitivo. Su disminución no es un fenómeno aislado, sino un indicador temprano de reducción de la reserva fisiológica y vulnerabilidad biológica (Studenski et al., 2011).

La evidencia científica demuestra asociaciones consistentes entre velocidad de marcha reducida y:

  • mayor riesgo cardiovascular
  • peor evolución en enfermedad pulmonar obstructiva crónica
  • deterioro cognitivo y demencia
  • sarcopenia y pérdida de fuerza muscular
  • discapacidad funcional
  • hospitalización
  • institucionalización
  • mortalidad por cualquier causa

(Abellan van Kan et al., 2009; Montero-Odasso et al., 2012)

Desde una perspectiva docente, la enseñanza de la VM introduce un cambio de paradigma: el estudiante deja de centrarse exclusivamente en la patología y aprende a valorar la capacidad funcional como resultado clínico prioritario. Este enfoque se alinea con los modelos actuales de envejecimiento saludable y atención centrada en la persona promovidos por la Organización Mundial de la Salud (WHO, 2017).

Un aspecto clave en la formación sanitaria es la comprensión de la fragilidad como síndrome clínico independiente. La fragilidad no debe interpretarse como una consecuencia inevitable de la edad ni como una mera suma de enfermedades crónicas, sino como un estado fisiológico específico de vulnerabilidad que requiere detección activa, intervención dirigida y seguimiento estructurado (Fried et al., 2001; Dent et al., 2019).

La inclusión de la VM en la docencia permite a los estudiantes:

  • identificar precozmente estados prefrágiles
  • comprender la reversibilidad potencial de la fragilidad
  • relacionar función física y pronóstico clínico
  • integrar ejercicio terapéutico y nutrición en la práctica clínica
  • adoptar un enfoque preventivo basado en capacidad funcional

Este marco educativo prepara a los futuros profesionales para un escenario demográfico caracterizado por el envejecimiento poblacional y la cronicidad, donde la preservación de la autonomía será un objetivo sanitario prioritario.

Integrar la medición sistemática de la velocidad de marcha en la formación universitaria no constituye una innovación tecnológica aislada, sino una actualización estructural del modelo formativo hacia una medicina orientada a la función, la prevención y la calidad de vida.

En términos pedagógicos, supone enseñar a medir lo que realmente importa: la capacidad de una persona para seguir viviendo de forma independiente.


Referencias bibliográficas

Studenski S, Perera S, Patel K, et al.
Gait speed and survival in older adults.
JAMA. 2011;305(1):50–58.

Middleton A, Fritz SL, Lusardi M.
Walking speed: the functional vital sign.
J Aging Phys Act. 2015;23(2):314–322.

Abellan van Kan G, Rolland Y, Andrieu S, et al.
Gait speed at usual pace as a predictor of adverse outcomes in community-dwelling older people.
J Nutr Health Aging. 2009;13(10):881–889.

Montero-Odasso M, Verghese J, Beauchet O, Hausdorff JM.
Gait and cognition: a complementary approach to understanding brain function and the risk of falling.
J Am Geriatr Soc. 2012;60(11):2127–2136.

Fried LP, Tangen CM, Walston J, et al.
Frailty in older adults: evidence for a phenotype.
J Gerontol A Biol Sci Med Sci. 2001;56(3):M146–M156.

Dent E, Morley JE, Cruz-Jentoft AJ, et al.
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J Nutr Health Aging. 2019.

World Health Organization.
Integrated care for older people (ICOPE): guidelines on community-level interventions.
WHO; 2017.