Mas alla del biomarcador el valor clinico de la funcion en el envejecimiento
La mayoría de los adultos mayores no utilizan la palabra fragilidad. No la reconocen como un concepto de salud. Lo que expresan son síntomas cotidianos: cansancio, torpeza, dificultad para levantarse de una silla, caminar más lento, miedo a caerse o la sensación de “ya no soy el mismo”. Y, casi siempre, lo atribuyen simplemente a la edad.
El problema no es solo que no conozcan el término.
El problema es que esas señales se han normalizado socialmente.
Hemos aprendido a aceptar la pérdida de función física como una consecuencia inevitable del envejecimiento. Y cuando algo se percibe como inevitable, deja de buscarse solución. Ahí es donde se pierde la oportunidad de intervenir.
El papel de los profesionales de la salud es clave.
Los adultos mayores no pueden actuar sobre algo que no entienden. Si nadie les explica qué está ocurriendo, seguirán interpretando el deterioro como parte natural de la vida. Explicar la fragilidad no es etiquetar a una persona; es darle un marco para comprender lo que siente y, sobre todo, para saber que puede hacer algo al respecto.
Es fundamental que entiendan un mensaje sencillo:
la fragilidad se puede modificar.
Con ejercicio adecuado, nutrición dirigida y seguimiento profesional, la función física puede mejorar de forma objetiva. No hablamos de promesas vagas ni de bienestar subjetivo, sino de cambios medibles en fuerza, velocidad de marcha y capacidad funcional.
Muchos adultos mayores, cuando entienden esto, cambian su actitud. Pasan de la resignación a la participación activa. Descubren que no todo depende de aceptar el deterioro, sino de intervenir sobre él.
Existe una gran cantidad de personas mayores que quieren estar bien, mantenerse independientes y conservar su calidad de vida. Lo que ocurre es que necesitan orientación. Durante décadas, el mensaje sanitario ha estado centrado casi exclusivamente en la prescripción farmacológica, y para muchos pacientes la idea de mejora sigue asociada únicamente a una pastilla.
Cuesta comprender que el ejercicio dirigido, la nutrición adecuada y el entrenamiento funcional pueden ser tan terapéuticos como un tratamiento farmacológico, e incluso imprescindibles para preservar la autonomía. No porque sustituyan a la medicina, sino porque forman parte de ella.
Es esencial que este mensaje venga del profesional sanitario.
Cuando es el médico quien explica que la función física se puede trabajar, que la lentitud, la pérdida de fuerza o la inestabilidad no son un destino inevitable, el paciente lo entiende como una indicación clínica, no como un consejo genérico. Esa validación cambia la adherencia, la motivación y los resultados.
Prevenir dependencia futura.
Y prevenir dependencia es una de las intervenciones sanitarias con mayor impacto en autonomía, calidad de vida y sostenibilidad del sistema sanitario.
Porque la fragilidad no es una etiqueta social.
Es un estado clínico medible.

