La respuesta es clara: LOS DOS.
No es una elección: es saber cuándo y para qué usar cada uno
Cuando hablamos de valorar la función física en los adultos mayores, surge con frecuencia una pregunta aparentemente sencilla:
¿Es mejor medir la velocidad de marcha o realizar el test de levantarse de la silla?
La respuesta es clara: los dos.
Pero no porque sean equivalentes, sino precisamente porque no miden lo mismo y se complementan.
Entender qué información aporta cada prueba es clave para dejar atrás las recomendaciones genéricas y empezar a acompañar de forma personalizada, con criterio clínico y con impacto real en la calidad de vida.
La velocidad de marcha: un marcador global de salud
La velocidad de marcha (VM) es uno de los indicadores más potentes y validados en geriatría y en el abordaje de la fragilidad.
No mide solo cómo camina una persona.
Mide, de forma integrada, el estado de múltiples sistemas:
• Sistema musculoesquelético
• Sistema neurológico
• Sistema cardiovascular y respiratorio
• Equilibrio y coordinación
• Reserva funcional global
Por eso se considera un marcador global de salud.
¿Por qué es tan importante?
Porque la velocidad de marcha:
• Se altera de forma precoz, incluso antes de que aparezca discapacidad
• Se asocia de forma directa con:
• Riesgo de caídas
• Hospitalizaciones
• Pérdida de independencia
• Mortalidad
• Permite detectar fragilidad en fases reversibles
Dicho de otra forma:
👉 La velocidad de marcha “avisa” antes de que el problema sea evidente.
Por eso es una herramienta ideal para:
• Cribado poblacional
• Punto de partida en programas de longevidad activa
• Orientación clínica inicial
• Seguimiento objetivo en el tiempo
El test de levantarse de la silla: fuerza, potencia y capacidad funcional
El test de levantarse de la silla (habitualmente el 5STS) aporta una información distinta, pero igual de valiosa.
Este test se centra principalmente en:
• Fuerza del tren inferior
• Potencia muscular
• Capacidad para realizar una actividad básica de la vida diaria
Levantarse de una silla es una acción cotidiana que condiciona la autonomía:
• Para ir al baño
• Para levantarse de la cama
• Para salir de casa
• Para evitar una caída tras una pérdida de equilibrio
¿Qué nos dice este test?
Nos permite:
• Identificar déficits de fuerza específicos
• Confirmar si una velocidad de marcha baja tiene un origen muscular
• Ajustar la intensidad y el tipo de ejercicio
• Diseñar un plan de intervención más preciso
👉 Mientras la velocidad de marcha nos orienta, el test de la silla nos ayuda a afinar.
No compiten: se complementan
El error más frecuente es plantear estas pruebas como alternativas.
En realidad, funcionan mejor cuando se usan de forma secuencial y estratégica.
El enfoque correcto sería:
🔹 Velocidad de marcha
• Punto de partida
• Cribado
• Visión global
• Identificación precoz de fragilidad
• Orientación clínica inicial
🔹 Test de levantarse de la silla
• Profundizar en la causa
• Confirmar el déficit funcional
• Ajustar el plan de ejercicio
• Individualizar la intervención
Cuando utilizamos ambas, pasamos de medir “por medir” a medir para decidir.
De la recomendación genérica al acompañamiento real
Cuando no conocemos estos datos, solemos caer en mensajes genéricos:
• “Camine un poco más”
• “Haga ejercicio”
• “Muévase todo lo que pueda”
Cuando los conocemos, el discurso cambia:
• Qué ejercicio
• Cuánta intensidad
• Con qué seguimiento
• Con qué objetivos
• En qué plazo
Es ahí donde la medición se convierte en cuidado, y no en un simple dato.
Medir bien es cuidar mejor
La clave no está en elegir una prueba u otra.
La clave está en saber cuándo usar cada una, interpretar correctamente los resultados y convertirlos en decisiones prácticas.
Porque:
• La velocidad de marcha nos dice cómo está
• El test de la silla nos ayuda a entender por qué
• Y juntos nos permiten actuar a tiempo
Medir bien es cuidar mejor.
Y cuidar mejor es la base de una longevidad con calidad de vida.

