Durante años, la velocidad de marcha se ha utilizado como una herramienta clínica para valorar la fragilidad en personas mayores. Sin embargo, la evidencia científica más reciente ha cambiado radicalmente esta visión.
Hoy sabemos que la velocidad de marcha no solo refleja cómo se mueve una persona, sino cómo está envejeciendo su organismo y especialmente, su cerebro.
La marcha como marcador global de salud
Caminar es una función compleja que requiere la integración de múltiples sistemas:
- Sistema muscular (fuerza y potencia)
- Sistema neurológica (coordinación y control motor)
- Sistema cognitivo (planificación y procesamiento)
- Sistema cardiovascular (resistencia y perfusión)
Por eso, cuando una persona camina más despacio, no estamos viendo únicamente un problema de movilidad.
Estamos observando una disminución global de la reseva fisiológica
Evidencia científica: lo que ocurre ya a los 45 años:
Un estudio publicado en JAMA Network Open analizó a más de 900 personas de 45 años dentro de una cohorte longitudinal.
Los resultados fueron claros:
Las personas con menor velocidad de marcha presentaban:
• Peor estado físico general
• Menor fuerza y equilibrio
• Mayor envejecimiento biológico
Pero lo más relevante fue el hallazgo a nivel cerebral.
Velocidad de marcha y estructura cerebral
En las pruebas de neuroimagen (resonancia magnética), los individuos que caminaban más despacio mostraban:
• Menor volumen cerebral total
• Menor grosor cortical
• Reducción de la superficie cortical
• Mayor presencia de hiperintensidades de sustancia blanca
Estas hiperintensidades son pequeñas lesiones cerebrales asociadas a:
• Envejecimiento vascular
• Deterioro cognitivo
• Mayor riesgo de demencia
Es decir, la velocidad de marcha ya estaba reflejando cambios estructurales en el cerebro décadas antes de la vejez.
Un marcador que empieza en la infancia
El mismo estudio mostró algo aún más relevante:
Las personas que caminaban más despacio a los 45 años ya presentaban:
• Peor función neurocognitiva desde la infancia
• Mayor declive cognitivo a lo largo de la vida
Esto refuerza una idea clave:
La velocidad de marcha no es solo una medida puntual. Es una expresión acumulativa del estado de salud a lo largo del tiempo.
De la detección a la predicción
La importancia clínica de estos hallazgos es enorme.
La velocidad de marcha permite:
• Detectar alteraciones funcionales antes de que sean evidentes
• Identificar envejecimiento acelerado
• Anticipar riesgo de deterioro físico y cognitivo
• Prever eventos como caídas, dependencia o institucionalización
Y lo más importante:
Permite actuar con anticipación
Intervención precoz: cambiar el curso del envejecimiento
Cuando se detecta una disminución en la velocidad de marcha, todavía estamos en una fase reversible o modulable.
Las intervenciones con mayor impacto incluyen:
• Ejercicio físico multicomponente (fuerza, equilibrio, resistencia)
• Optimización nutricional (especialmente proteína y vitamina D)
• Revisión de medicación
• Prevención de caídas
• Seguimiento funcional periódico
Estas estrategias no solo mejoran la capacidad física, sino que pueden influir positivamente en la salud cerebral.
Velocidad de marcha y pronóstico en el adulto mayor
Este enfoque se refuerza con estudios clásicos como el publicado en JAMA, donde se demostró que:
Una menor velocidad de marcha se asocia con menor supervivencia.
Es decir:
• En la mediana edad → detecta envejecimiento acelerado
• En edades avanzadas → predice eventos clínicos relevantes
Speed-Age: medir para anticipar, no solo para evaluar
En el programa Speed-Age, la medición de la velocidad de marcha no se utiliza como un dato aislado.
Se integra dentro de un modelo de valoración funcional que permite:
• Identificar estados de prefragilidad y fragilidad
• Detectar factores asociados como la malnutrición
• Establecer planes de intervención personalizados
• Realizar seguimiento objetivo en el tiempo
Porque el verdadero valor no está solo en medir.
Está en detectar a tiempo para intervenir antes de la pérdida de autonomía.
Conclusión
La velocidad de marcha se ha consolidado como uno de los biomarcadores funcionales más relevantes en el ámbito del envejecimiento.
Su capacidad para reflejar el estado global del organismo, incluyendo la salud cerebral, la convierte en una herramienta clave para la prevención.
No se trata de cómo camina una persona hoy.
Se trata de lo que su forma de caminar nos está diciendo sobre su futuro.
Referencias
• Rasmussen LJH, Caspi A, Ambler A, et al.
Association of Neurocognitive and Physical Function With Gait Speed in Midlife.
JAMA Network Open. 2019;2(10):e1913123
• Studenski S, Perera S, Patel K, et al.
Gait Speed and Survival in Older Adults.
JAMA. 2011;305(1):50–58

