La velocidad de marcha ya forma parte de la medicina funcional moderna

Durante años, gran parte de la atención sanitaria se ha centrado principalmente en diagnosticar enfermedades. Sin embargo, cada vez más profesionales y publicaciones científicas coinciden en algo fundamental: conocer las patologías de una persona no siempre permite entender realmente su estado de salud funcional.

Dos personas con las mismas enfermedades pueden tener niveles completamente diferentes de autonomía, movilidad, capacidad física y riesgo clínico.

Y ahí es donde aparece un concepto que está transformando la forma de valorar al adulto mayor: la función.

Dentro de esa valoración funcional, la velocidad de marcha se ha convertido en una de las herramientas más útiles, rápidas y predictivas de la práctica clínica actual.

No hablamos únicamente de “cómo camina” una persona. Hablamos de un parámetro capaz de reflejar el funcionamiento global del organismo.

Caminar requiere la integración simultánea de múltiples sistemas:

  • fuerza muscular,
  • equilibrio,
  • coordinación neurológica,
  • capacidad cardiovascular,
  • control motor,
  • procesamiento cognitivo,
  • atención,
  • visión,
  • reserva fisiológica.

Por eso, cuando una persona comienza a perder velocidad al caminar, muchas veces no estamos viendo simplemente un problema muscular o articular. Estamos viendo un posible deterioro global de la función.

La velocidad de marcha puede actuar como una señal precoz de vulnerabilidad mucho antes de que aparezca la discapacidad.

Actualmente existe una enorme cantidad de evidencia científica que relaciona velocidades de marcha reducidas con:

  • mayor riesgo de fragilidad,
  • caídas recurrentes,
  • hospitalización,
  • institucionalización,
  • deterioro cognitivo,
  • pérdida de independencia,
  • y mortalidad.

Además, una de las grandes ventajas de este parámetro es su sencillez. En pocos segundos puede obtenerse una información funcional de enorme valor clínico.

Precisamente por ello, la velocidad de marcha ya aparece integrada en múltiples publicaciones y manuales de geriatría y valoración funcional.

En la imagen que acompaña este artículo puede verse una referencia a Speed-Age dentro del libro Medicina geriátrica (2.ª edición, página 46), en el apartado dedicado a la evaluación de la velocidad de la marcha.

El texto hace referencia al desarrollo de dispositivos automatizados para la valoración funcional, destacando la importancia de obtener mediciones objetivas y reproducibles.

Y este punto es especialmente importante.

Durante muchos años, la velocidad de marcha se ha medido manualmente con cronómetro. Aunque sigue siendo válida, la automatización aporta ventajas relevantes:

  • mayor precisión,
  • reducción del error humano,
  • mejor reproducibilidad,
  • seguimiento evolutivo más fiable,
  • y capacidad de detectar pequeños cambios funcionales que pueden tener gran importancia clínica.

Porque en fragilidad y envejecimiento funcional, pequeñas pérdidas importan.

Una disminución progresiva de la velocidad puede ser el primer aviso de que una persona está entrando en un estado de vulnerabilidad física potencialmente reversible.

Ese es uno de los cambios de paradigma más importantes en la medicina actual:
dejar de intervenir únicamente cuando aparece la discapacidad y empezar a actuar cuando comienzan las primeras pérdidas funcionales.

La función física se está consolidando como uno de los grandes pilares del envejecimiento saludable.

Y dentro de ella, la velocidad de marcha probablemente sea uno de los biomarcadores funcionales más accesibles, rápidos y útiles que tenemos hoy en día.

Porque muchas veces el organismo avisa antes perdiendo función… que desarrollando enfermedad grave.

Y medir esa función a tiempo puede cambiar completamente la evolución de una persona.